Sobre miedo, indignación y rebeldía

Via Scoop.itMalestar 2.0 BCN

Lo están consiguiendo. Están consiguiendo que nos dobleguemos, que no protestemos, que nos traguemos todo lo que desde los poderes públicos se esté generando para anular nuestros derechos, nuestro derecho a la dignidad, a la soberanía, a la política, a la participación, a la decisión. Cada vez nos parece más normal lo que desde las instancias gubernamentales se nos proclama, a la par que contemplamos cómo la corrupción campa a sus anchas y llega no sólo a los ámbitos público y privado, sino a las más altas Instituciones del Estado. Y es que en este escenario post-indignación nos hace falta recorrer el siguiente paso, avanzar al siguiente escalón, rebelarnos y pasar a la acción directa. No podemos continuar en el estadío del miedo, porque aunque nada es irreversible (o muy pocas cosas en este mundo), cada vez nos costará más trabajo volver a recuperar lo que estamos perdiendo, lo que estamos dejando en el camino, sin pararnos a pensar cuánta gente de perdidas generaciones luchó para que hoy en día tuviéramos el panorama que tenemos hoy, disfrutáramos de los derechos hoy adquiridos, viviéramos en condiciones medianamente dignas, que la cruzada de los poderosos está queriéndonos aniquilar. Voy a rescatar algunas opiniones que me han parecido especialmente interesantes en línea con lo que estoy argumentando. La primera es de Benito Rabal, que dice textualmente en un artículo titulado Miedo: “En los tiempos que estamos viviendo, en los países que hasta ahora ostentaban el nada honroso título de mundo rico, la historia no ha cambiado, si acaso las formas. Un golpe de estado global y no otra cosa es lo que se ha producido, y su consecuencia es que los medios de domesticación de masas y los dirigentes a sueldo o dictado de las fuerzas del capital se empeñan en llamar crisis, cuando no es más que una vil y descomunal estafa. No han salido los tanques a la calle, ni ha habido desapariciones o fusilamientos en masa, pero los deshaucios, el paro vergonzante y los recortes sociales están produciendo un efecto similar, inmediatamente incruento pero más letal que un balazo a largo plazo. Y sin embargo sorprende la falta de respuesta popular. Llama la atención que aún no se hayan saqueado los grandes almacenes, o las oficinas bancarias no hayan sido pasto de las llamas”. Efectivamente, el miedo y los mensajes disfrazados, para que no signifiquen nada, condimentados con los mensajes del tipo “llamada a la responsabilidad”, como por ejemplo el clásico que dice que “el país no está para huelgas” (según los reaccionarios de este país nunca lo ha estado) están haciendo hondo calado en las clases populares, a la vez que las Instituciones dedicadas a la caridad tienen cada día más trabajo, pues más familias, hogares y personas rayan en el umbral de la pobreza. Mensajes indecentes como que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” se mezclan con la dedicación de recursos públicos a grandes eventos deportivos, la construcción de aeropuertos sin aviones, o la organización de visitas papales. Otra cita en línea argumental es la de Ginés Fernández en su artículo De la indignación a la rebelión, cuando dice textualmente: “Nos hemos indignado, hemos visto que con indignarse no basta, que hay que rebelarse, puesto que es la primera toma de conciencia del compromiso con el cambio. Pero no basta, esta situación necesita un giro o revolución (Ah, bonita palabra, que debe pasar de ser el nombre de una hipoteca, a un estado de ánimo de la sociedad frente al capitalismo). El Diccionario de la RAE dice que Revolución es: “Acción o efecto de revolver o revolverse. Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación. Inquietud, alboroto, sedición. Cambio rápido y profundo en cualquier cosa”. Todas estas acepciones tienen vigencia en el estado de ánimo en que se encuentra la clase trabajadora, que no aguanta mucho más y a la que hay que encontrar el camino de salida, y ese no puede estar dirigido por los actuales gestores de la crisis”. Así que este es el estado de cosas donde nos encontramos, con un cada vez más débil tejido revolucionario, con una clase trabajadora cada vez más conformista, con una ciudadanía cada día más manipulada, donde quizá las nuevas generaciones representen una excepción, una especie de savia nueva, de material virgen que tenemos que cuidar (por eso también quieren cargarse la educación pública), porque puede que ellos sean la semilla del futuro, de ese incierto futuro que se nos avecina, donde no sabemos cómo quedarán las relaciones de poder, cómo quedarán las condiciones de vida, cómo quedará la lucha de clases, cómo resultará la correlación de fuerzas en este intrincado mundo salvajemente maltratado, globalizado y comercializado. Y voy a terminar con una famosa cita de Howard Zinn, que nos viene al pelo para nuestros argumentos: “Nuestro problema es la obediencia. Nuestro problema es que multitud de personas en todo el mundo han obedecido los dictados de los líderes de sus gobiernos, y nos hemos convertido en gente obediente ante la pobreza y el hambre, ante el expolio y la privatización de nuestros bienes públicos, ante la estupidez, la guerra y la crueldad. Nuestro problema es que la gente es obediente mientras las cárceles están llenas de ladronzuelos, y los grandes ladrones rigen los países. Éste es nuestro problema”. Sólo me queda añadir una cosa: debemos acabar con él, antes de que él acabe con nosotros.
Via rafaelsilva.over-blog.es

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